martes, 5 de febrero de 2013

Desde Calabazares a La Escalada


DESDE CALABAZARES A LA ESCALADA
                                   Dificultad: Baja.
Distancia: 3,9 Km sólo ida
SALIDA:  N37 51.670 W6 45.169
DESTINO: N37  50.641 W6 45.764

                            Duración: 1 hora y media (sólo ida).

Esta es una ruta suave y corta pero interesante, ya que une dos pequeñas aldeas de Almonaster la Real pasando por paisajes variados y muy poco frecuentados, en parte en término de Almonaster y en parte en el de Santa Ana la Real. Caminaremos buena parte de la ruta junto a la rivera, en la que además desembocan gran cantidad de barrancos y arroyos que refrescarán nuestro paseo en época de lluvias.
Si vamos en coche accederemos a Calabazares desde la carretera que une la A-470 con el casco urbano de Calabazares. Apenas son dos kilómetros de carretera. Llegando a Calabazares podemos dejar nuestro coche frente a la ermita, para desde ahí iniciar nuestro paseo a pie.


 


Continuando en la misma dirección y sentido que traíamos con el coche dejaremos la aldea, y proseguiremos  caminando por una estrecha carreterilla hormigonada, antes camino, que une las aldeas de Calabazares, perteneciente al municipio de Almonaster la Real, y La Corte de Santa Ana, de Santa Ana la Real. A pesar de que este primer tramo discurre por carretera podemos caminar relativamente tranquilos, ya que el tráfico rodado es escaso. Este primer tramo es de unos setecientos metros y va en leve descenso hasta llegar a la rivera. Pasamos por campos llanos con encinas, olivos e higueras, y también podemos ver pequeñas huertas de subsistencia. A la izquierda según caminamos divisamos las blancas casas de Calabazares que se disponen linealmente al pie de un cerro, como intentando no darse sombra las unas a las otras y ser reconfortadas por el sol en invierno. Es un paisaje rural humilde y con la belleza de las cosas sencillas.
Cuando la pendiente descendente va acusándose nos hallaremos en la rivera de la Escalada, bordeada por alisos (Alnus glutinosa) y adelfas (Nerium oleander), y la cruzaremos por el propio lecho hormigonado, ya que no existe puente, o bien pasando por unas piedras que cruzan el río unos metros antes de llegar a la confluencia de la rivera y el camino. Si ha llovido abundantemente y no contamos con calzado  adecuado para pasar por el agua sin mojarnos los pies, quizá lo más adecuado sea descalzarnos para pasar. Inmediatamente después de cruzar la rivera, hemos de abandonar la carretera y tomar un sendero que sale a la derecha y que discurre paralelo a la rivera. Un poste de madera con un  cartel de los que en su día instaló el Ayuntamiento de Santa Ana nos indica el camino, cuyo destino final es Riotinto.

Caminaremos ahora con la rivera a nuestra derecha, inicialmente en llano para después ir ascendiendo ligeramente, dejando la rivera abajo. El paisaje está dominado por la visión del bosque de ribera a la derecha y pinares de Pinus pinaster a la izquierda y al fondo. Llegado un punto el camino se estrecha y serpentea por entre las piedras de un pequeño cañón rocoso. En este tramo podemos observar típicas plantas rupícolas como el Sedum sediforme y helechos de roca (Asplenium ceterach y Cheilantes). A finales de invierno y en primavera podremos disfrutar de una abundante floración de bulbosas. El  suelo y las rocas en la umbría están tapizados por el verde intenso y esponjoso de los musgos.


Volveremos a descender y pasar junto a la rivera, en la que divisaremos un grupo de chopos (Populus alba).
Sedeum sediforme
Cheilantes

Los pinos van dando paulatinamente paso a las encinas, y el sotobosque está dominado por jaras (Cistus monspeliensis fundamentalmente, pero también C. ladanifer, C. salvifolius y C. crispus), aulagas, retamas (Retama sphaerocarpa) mirtos (Myrtus communis) y brezos (Erica arborea y E.australis).
El camino sube ligeramente.  En la lejanía a nuestra derecha podemos ver una pequeña aldea a los pies de un pinar de Pinus pinea. Se trata de nuestro destino, la aldea de La Escalada. Desde este alto podemos disfrutar de las amplias panorámicas para después caer en picado entre jaras y encinas y volver a la cota del río.
Desde aquí continúa plácidamente nuestro camino hasta llegar a las inmediaciones de la Escalada, aunque es probable que si nos despistamos tengamos que volver a meter los pies en el agua.
Existe la opción de hacer una ruta muy parecida a la que hemos descrito, pero partiendo desde la aldea de La Corte (Santa Ana la Real) en vez de desde Calabazares.


martes, 29 de enero de 2013

En busca de setas


En busca de setas por los alrededores de Santa Ana.

Se suele decir que al final del verano o a principios del otoño, tras la primera tormenta generosa o las primeras lluvias otoñales que empapen bien la tierra, contando veintiún días, comienzan a salir las primeras setas de la temporada de otoño. Y si estas primeras humedades otoñales han venido acompañadas de temperaturas todavía cálidas, o al menos suaves, la temporada de setas se preverá fructífera.
El Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche es considerado por los micólogos como una de las zonas de Europa con mayor riqueza y variedad de hongos. Por extensión, podemos afirmar, sin temor a parecer exagerados, que el término de Santa Ana constituye un lugar privilegiado para la recolección de setas.
Si nos atrevemos a salir al monte en busca de setas hemos de tener presentes varias advertencias, unas por nuestra propia seguridad y otras por la preservación del entorno.
En cuanto a las advertencias referentes a nuestra propia seguridad, el consejo obvio para el profano es que no se aventure a comer seta alguna si no ha sido supervisada previamente por un entendido. No podemos dejarnos llevar por guías de campo o libros de bolsillo más que como orientación y nunca debemos arriesgarnos a comer seta alguna de cuya comestibilidad no estemos absolutamente seguros, y para ello nada mejor que la supervisión de la cesta por un experto setero. Una vez tengamos algo de práctica nos daremos cuenta de que hay setas que son muy difíciles de confundir y otras que, aunque sean más difíciles de determinar, no existen setas peligrosas con las que puedan confundirse.
En cuanto a los aspectos a tener en cuenta en aras a la protección de las setas y su preservación como parte fundamental del ecosistema del bosque hemos de seguir las siguientes pautas:
1.- Utilizar una cesta de mimbre, cañizo o similar para llevar las setas que recojamos, de manera que las esporas puedan ir cayendo al terreno y resembrarse.
2.- Debemos utilizar un cuchillo o navaja para cortar la seta por la base de su pie. No se deben arrancar.
3.- No se debe rastrillar el terreno, pues dañaríamos el micelio.
4.- Las setas que no conozcamos no las debemos coger, salvo que tengamos algún interés en su determinación, en cuyo caso bastará con que cojamos una de cada especie. Sólo deberíamos recolectar las que nos vayamos a comer.
5.- No debemos destruir las setas venenosas o tóxicas. Aunque no sean comestibles desempeñan un importante papel en la naturaleza, ya que muchas de ellas se asocian mediante relaciones de simbiosis con los árboles y arbustos del bosque.
Amanita muscaria
De entre las setas más apreciadas en la zona, destaca con ventaja la Amanita caesarea,  conocida localmente como tentullo o tontullo, si bien a sólo unos kilómetros se la llama tana, reservándose el apelativo de tentullo para los boletos. Es una bella seta de color naranja, con las láminas y el pie de color amarillo pálido, con volva y anillo. Sólo cabría la confusión con la Amanita muscaria, si bien esta tienes las láminas y el pie blancos, y su color suele ser más rojo, además de tener generalmente pequeñas escamas blancas en el sombrero. La Amanita ceasarea es una seta termófila, que por tanto desaparece con los primeros fríos, y que gusta de la compañía de castaños y alcornoques.
Amanita caesarea

Otra seta que crece profusamente a principios de otoño en nuestro término es el comúnmente denominado gallipierno, de nombre científico Macrolepiota procera. Es una seta grande, de hasta 30 cm de diámetro en el sombrero, de color blanquecino y con escamas. No existe gran riesgo de confusión, si bien para evitar errores fatales debemos desechar las que sean pequeñas, ya que existen especies parecidas a nuestro gallipierno pero de menor tamaño, del género Lepiota, extremadamente peligrosas.
Macrolepiota procera







Algunas de las setas más apreciadas por su sabor y textura se encuentran entre los boletos, ampliamente representados en nuestro área. Especialmente exquisitos son el Boletus edulis y el Boletus aereus, ambos presentes en torno a Santa Ana. Algo tranquilizador que debemos saber cuando recolectamos boletos (los cuales son fáciles de distinguir por sus poros en vez de láminas en su himenio) es que a excepción del Boletus satanas, fácilmente identificable por su sombrero semiesférico blanquecino y sus poros de un bello color rojo, no existen boletos realmente peligrosos.
Boletus edulis



Boletus aereus












Otra de las setas excelentes que podemos encontrar en un paseo otoñal en torno a Santa Ana es el pie azul, Lepista nuda. Más que azul su color es más bien violeta, pero es de muy difícil confusión. Es un hongo soprotrófico, que crece en terrenos ricos en materia orgánica, de la que se alimenta. Además suele crecer en grupos de varios ejemplares  distribuidos en algunos metros cuadrados.
Lepista nuda

Si paseamos por zonas de pinar o próximas a pinos podemos encontrar Lactarius deliciosus. Es el conocido níscalo, denominado localmente pinatel. Los pinateles tienen una tonalidad anaranjada cárnea, con líneas concéntricas, tienen láminas y un sombrero más o menos irregular. Se pueden confundir con otros lactarius muy parecidos, pero si al cortar su pie vemos que este tiene un corte de un intenso color naranja zanahoria podemos estar seguros de que se trata de un pinatel. Esta seta es algo más tardía que las anteriores de las que hemos hablado, fructificando generalmente en diciembre.



Lactarius deliciosus (pinatel)



Lactarius chrysorreus (falso pinatel)















También es muy apreciada la carbonera o Russula cianoxantha, de tono gris violáceo. Tiene poco sabor, pero una textura agradable, por lo que se puede mezclar con otras setas o hacerla con condimentos que le aporten sabor como ajo o especias.

Otras setas comestibles que se encuentran con relativa facilidad en los alrededores de Santa Ana son las chantararelas (Cantharelus cibarius), las josefitas (Agaricus campestris), los hígados de buey (Fistulina hepatica), que crecen en los troncos de los castaños, y las cagarrias o colmenillas (Morchella esculenta). Esta última es una seta de primavera, como el gurumelo (Amanita ponderosa), muy apreciado pero poco frecuente en nuestra zona.


Agaricus campestris
Fistulina hepatica
Por último, quiero volver a incidir en la peligrosidad que puede entrañar el desconocimiento a la hora de recolectar setas en el monte. Algunas setas muy peligrosas que he podido encontrar en mis paseos por los caminos de Santa Ana son Amanita phaloides, Amanita muscaria, Amanita virosa, Amanita verna, Amanita pantherina, Boletus satanas, Cortinarius cinnamomeus, Omphalotus olearius, Entoloma sinuatum y un largo etcétera.
Amanita phaloides
Amanita pantherina
Amanita verna
Entoloma sinuatum

miércoles, 23 de enero de 2013

Jardines verticales



Jardines verticales.
Los muros de piedra, tan característicos de los paisajes de Sierra Morena Occidental, están muy bien representados en el término de Santa Ana la Real.
Constituyen desde tiempos inmemoriales el sistema más práctico y habitual para delimitar las fincas, ya que utilizaban como elementos constructivos las piedras que se retiraban de los terrenos para facilitar las labores agrícolas.
Doradillas (Asplenium ceterach)

En tiempos recientes muchos se han venido deteriorando por falta de mantenimiento y otros han sido sustituidos por vallados metálicos. En consecuencia, debería ser prioritario por parte de las administración del Parque Natural implementar políticas encaminadas a su protección y conservación, ya que estos muros de piedra, junto con la dehesa y el cerdo ibérico pastando en ella, constituyen partes esenciales del paisaje de la sierra onubense.
Al margen de su valor paisajistico, los muros de piedra constituyen un hábitat muy especial para interesantes comunidades de plantas rupícolas que encuentran allí su refugio. Dichas comunidades vegetales varían muchísimo según se trate de muros en solana o en umbría, lo cual es lógico dado lo limitante que es para la vida vegetal un recoveco entre las rocas que en verano alcance los 50C al sol y con una muy escasa humedad, condiciones que pasan a ser más soportables para algunas especies cuando el muro se halla sombreado o con orientación norte.

Las dos especies vegetales más características de estos muros son la doradilla (Asplenium ceterach) y el ombligo de Venus (Umbilicus rupestris). El primero es un pequeño helecho de hojas recias que, en condiciones de sequía estival, se encoge haciéndose un gurruño, para renacer con las lluvias otoñales. Por su parte, el ombligo de Venus es una planta de la familia de las crasuláceas, con hojas carnosas circulares con una depresión en el centro. Curiosamente, ambas tienen propiedades medicinales.
La doradilla se ha usado en medicina popular como diurética, colerética e hipotensora,  mientras que la aplicación más reseñable del ombligo de Venus es su poder cicatrizante y antiséptico.
Cuando nos encontramos ante un muro de piedra sombreado la comunidad vegetal se ve muy incrementada. En esta situación podemos observar con facilidad otros dos helechos: el Asplenium trichomanes y el Asplenium onopteris, gran variedad de musgos y hepáticas, Selaginella denticulata y algunas plantas superiores como el geranio de San Roberto (Geranium robertianum) de característico olor acre, o su primo hermano el Geranium purpureum, y la cosmopolita escrofulariácea de bellas aunque diminutas florecillas Scrophularia cymbalaria. Con frecuencia nos encontramos con muros de piedra en umbría completamente verdes por su cobertura vegetal, principalmente por su tapiz de musgos, en los que las piedras sólo se adivinan por las formas redondeadas que se pueden intuir bajo el espeso manto que las cubre.
Es muy característico también de estos muros de umbría la presencia de hiedra (Hedera helix), que aunque no arraiga normalmente en las hoquedades del muro, sino en su base, abraza las rocas que forman el muro, como para evitar que se desplomen.
Sedum brevifolium
Como decíamos antes, las condiciones para la vida vegetal de un muro de piedra en       solana son bastante más duras, por lo que su cobertura es más austera. Generalmente serán más abundantes los líquenes que los musgos y, a parte de algunas plantas comunes que consiguen arraigar entre las piedras, cabe destacar en el área de Santa Ana la Real la presencia en estos hábitats rupícolas artificiales de dos helechos resistentes a las condiciones  de sequedad y temperaturas extremas: el Cheilantes acrosticha y el Cheilantes hispánica, así como la crasulácea Sedum brevifolium, de diminutas hojas carnosas rosadas o glaucas pruinosas.

Jaras, jarillas y jaguarzos en Santa Ana la Real


Jaras, jarillas y jaguarzos en Santa Ana la Real.

La gran diversidad botánica de la región mediterránea es debida en gran parte a la alternancia en el Cuaternario de épocas glaciares e interglaciares, así como a la herencia recibida del cálido y húmedo Terciario. Como consecuencia de ello, hoy coexisten especies de origen subtropical con otras de origen boreal, que encontraron refugio en nuestras tierras durante las épocas glaciares que helaron el resto de Europa. Por otra parte, existen familias que evolucionaron ya en un clima propiamente mediterráneo. Tal es el caso de las cistáceas.
Cistus albidus
Cistus salvifolius
Tuberaria lignosa




















Las cistáceas representan, sin duda, una de las familias de plantas más  características de la vegetación mediterránea. La familia está formada por unas doscientas especies, con distribución en zonas templadas del hemisferio norte,  pero mayoritariamente en zonas mediterráneas. Pueden ser arbustos, matas o hierbas, pero se caracterizan todas por sus flores hermafroditas con cinco pétalos, tres o cinco sépalos, numerosos estambres y tres, cinco, ocho o diez carpelos, dando lugar a frutos en forma de cápsula dehiscente dura que alberga en su interior gran numero de pequeñas semillas.
La cistácea más conocida, y también una de las mas abundantes en nuestra zona, es la jara pringosa (Cistus ladanifer), muy extendida en terrenos silíceos, pedregosos y con poco arbolado. Además de heliófilas, son plantas pirófitas, que invaden terrenos quemados, y segregan una sustancia pringosa, el láudano, con propiedades medicinales y usado también en perfumería. Sus flores son grandes, de hasta diez centímetros, blancas con una mancha púrpura en la base de cada pétalo.
Cistus ladanifer

Otra jara también abundante en la zona, y que también prefiere suelos silíceos, es el Cistus populifolius, igualmente de flores blancas, aunque más pequeñas, y de grandes hojas acorazonadas.
En zonas más umbrías, bajo el arbolado, se da el Cistus salvifolius, de pequeñas hojas redondeadas y flores blancas, y el Cistus crispus,  pequeña matilla de hojas rizadas y flores rosas fucsia.
Otra de las jaras comunes en la zona, aunque menos exigente en cuanto a exposición al sol, es el Cistus monspeliensis, también de flores blancas, pero con las hojas estrechas y alargadas.


Cistus crispus
 La ultima de las grandes jaras presente en el término es el Cistus albidus o jara blanca.   Esta jara de hojas blanquecinas, vellosas y suaves, es menos frecuente que las anteriores en el término de Santa Ana porque requiere terrenos calcáreos, siendo predominantes en el término los terrenos ácidos. No obstante, en las zonas donde existen afloramientos calizos (Castillejo, Negrillo, ...) es frecuente, dando un toque de color rosa con sus flores en primavera.

Cistus salvifolius

Por último, cabe citar la presencia de tres pequeñas cistáceas de flores amarillas presentes en terrenos silíceos pedregosos: el Hallimum ocymoides, de nombre común quirola o alacayuela, con pequeñas hojillas blanquecinas; la Tuberaria lignosa, pequeña mata de hojas rastreras redondeadas y pequeñas flores amarillas con largos pedúnculos; y la anual Tuberaria guttata, con la base de los pétalos manchados de marrón púrpura.
Hallimium ocymoides

La hierba carmín.


Phytolacca decandra Un intruso venido de América.

En los barrancos, en las proximidades de la rivera y en las cunetas húmedas podemos encontrar una planta que se ha naturalizado en nuestra sierra, pero que procede de Centroamérica y del sur de Norteamérica. Es la Phytolacca decandra, de nombre común hierba carmín.




Es una planta que no resiste el frío, por lo que con las primeras heladas se muere, para rebrotar con fuerza llegada la primavera hasta alcanzar hasta dos metros o más de altura en verano. Pero es, sin duda, en otoño cuando más luce esta planta sus colores rojizos y púrpuras, de los que le viene su apelativo de hierba carmín.
Sus tallos son rojizos y huecos, sus hojas lanceoladas y sus pequeñas flores crecen en espigas terminales, para dar lugar a pequeñas bayas de color morado oscuro, casi negro, las cuales son muy apreciadas por los pajarillos, que contribuyen a extender los dominios de esta planta foránea.
Es una planta tóxica, pero con usos medicinales como purgante, antiviral, contra eccemas y enfermedades cutáneas y adelgazante, si bien debido a su toxicidad debe ser usada bajo estricto control médico.
Existe un articulo de un tal Dr. Hale que afirma que los pájaros que se alimentan con frutos de Phytolacca decandra pierden toda la grasa acumulada en su tejido adiposo, y ello sin menoscabo de su masa muscular. A raíz de ello y de otros estudios se han desarrollado tratamientos homeopáticos que actúan contra la obesidad.
Al margen de su utilidad o no como planta medicinal, no debemos perder de vista su elevada toxicidad, menos concentrada en sus frutos.
Es una planta que, además, era utilizada para teñir tejidos.
En Santa Ana podemos encontrarla, entre otros sitios, en las márgenes del barranco de la Presa y en la ribera de Santa Ana, entre la finca el Molino y la carretera.

miércoles, 16 de enero de 2013

La peonia, reina de la primavera en la sierra



Probablemente una de las plantas más hermosas y vistosas que podemos encontrar en las montañas que rodean Santa Ana la Real es la peonia (Paeonia broteroi), cuyas grandes flores rosas podremos admirar en primavera (abril-junio) en aquellas zonas donde las condiciones edáficas y climáticas sean las apropiadas, pues sólo habita terrenos con presencia de cal y más o menos umbríos y húmedos. Concretamente, en el término de Santa Ana es posible hallarla en los alrededores del Cerro Castillejo, en el Valle y en el Negrillo, generalmente en áreas con arbolado abundante.

Las flores de la peonia se caracterizan a simple vista por su gran tamaño (8 a 12 cm), el intenso color rosa de sus pétalos y sus abundantes estambres y anteras de un intenso amarillo. Asímismo, son muy característicos los carpelos lanosos, que darán paso a unos folículos densamente tomentosos en el que se observarán semillas rojas, posteriormente negras, al madurar.
Es una planta endémica de la península ibérica, habitando los sistemas montañosos del centro, sur y oeste de la península, encontrándose en sotobosques de encinares, alcornocales, melojares, robledales y pinsapares, pero preferentemente sobre terrenos calizos y en altitudes superiores a los 500 metros.En Andalucía se encuentra con frecuencia en Sierra Morena, en la Subbética y en la sierra de Grazalema. Entre las diversas asociaciones botánicas en las que se encuentra nuestra peonia está la formada por el Quercus lusitanica y el Quercus pyrenaica, característica de las zonas altas de la Sierra de Aracena.
La peonia es una planta con propiedades medicinales como antiespasmódica, sedante y antihemorroidal, siendo tóxica a elevadas dosis, por lo que su uso es muy limitado.

de  Entrada en curso. Continuará...

domingo, 13 de enero de 2013

Epipactis helleborine. Una bella orquídea en la sierra de las Cumbres



Con la llegada de la primavera a la sierra podremos observar con un poco de suerte y si aguzamos nuestra vista una pequeña orquídea de flores de un centímetro o poco más, con grandes sépalos de color verde pálido y un labelo en parte verde blanquecino y en parte púrpura rosado o amarillento.
Es la Epipactis helleborine. Sus hojas son sentadas, de color verde apagado y se disponen como en espiral en torno al tallo.
La que nos ocupa es una orquídea de amplia distribución en zonas templadas y subtropicales de Europa, norte de África y Asia, que sin embargo en Andalucía Occidental sólo es relativamente frecuente en la provincia de Huelva, y más concretamente en la Sierra y el Andévalo.  Es, además, una planta considerada invasiva en Norteamérica, donde entró de la mano del hombre. Se la puede encontrar, además de en la sierra de Aracena, en Sierra Nevada, los Pirineos, los Alpes, e incluso en Finlandia.
Crece generalmente en terrenos silíceos, pobres y pedregosos, pero boscosos, como el caso de la Sierra de las Cumbres, al sureste del pueblo de Santa Ana la Real.
Como otras muchas orquídeas precisa la ayuda de los insectos para la polinización y para atraerlos utiliza todo un cóctel químico que incluye tres sustancias narcóticas, cuatro atrayentes de insectos, vainillina, e incluso alcohol como resultado de la fermentación de sustancias azucaradas con la ayuda de un hongo. El resultado de todo ello: el "síndrome de la abeja borracha", con el lamentable y bochornoso espectáculo de insectos aturdidos y desorientados yendo de flor en flor en la espiga de nuestra Epipactis o en las de los alrededores. Además, según algunos que las han observado, parece ser que, por si fuera poco, la experiencia les gusta y repiten, volviendo a "colocarse" una y otra vez con tan embriagador néctar.